lunes, 15 de noviembre de 2010

Lluvia de lobos III

Pum. Me desplomé encima de la hierba mojada y cuyo aroma me transportaba a mi instinto más animal, más lupino: el de correr, saltar, aullar, cazar, hacer esa vida que desde ya un tiempo, echaba en falta. Pero ahora no podia, no contaba con el handicap de que tú aparecerias tan de pronto en mi vida y la cambiarias tan rápido, de la noche a la mañana prácticamente. En mi vida anterior, nunca echaba de menos nada, todo lo que hacía, era debido a dos motivos: para sobrevivir y por puro placer. Tú, ahora, reúnes todas las características para pertenecer a esos dos motivos. Sin ti no puedo vivir, sabes muy bien que necesito verte, que te añoro como los lobos añoran a la luna. Que más de una vez, esa nostálgia, esa tristeza, me ha llevado a permanecer largas noches negras de soledad sentado en nuestro nido, ante mi astro de tu mismo nombre, aullándole a la Luna, aullándote a ti, y ni si quiera el dulce canto de un lobo solitário y mágico como yo, lograba hacerte aparecer.

Con gran pesar todavía mi memória me ofrece amargos recuerdos cómo ése; si el día ya era largo sin tu preséncia, sin tu fragáncia, sin tu belleza ensimismable, sin tus caricias, sin tus labios, los cuáles, me mostraba impaciente por rozar, la noche era eterna; negra prisión, cruel destino el mío. En momentos como ése, apretaba los colmillos con todas mis fuerzas y agachaba la cabeza, aquél calor corporal intenso y que me quemaba como el fuego, surgía de nuevo y el agua salada emergía con fuerza de mis ojos dorados. Después marchaba de aquél paraje, y volvía al tuburio donde se encontraba mi otra vida: un chico joven de dieciocho años, moreno, de mirada penetrante y rostro serio; verme sonreír era casi un milagro, pues pocas veces en mi vida he encontrado razones lo suficientemente importantes como para dedicarme una sonrisa de oreja a oreja, en mi vida humana, por llamarlo de algún modo, todo es diferente; se han perdido todos los valores, no existe la felicidad, no existe el amor, nada es eterno porque creen con firmeza que cualquier cosa es efímera. No creen en nada, ni si quiera en ellos mismos, buscan dioses patéticos, como el dinero, el sexo, la fama. El ser humano se corrompe dia tras dia, cada paso que da, es un gran retroceso para la humanidad entera, pues los lobos creemos, que el ser humano será su propio cazador, su verdugo, se liquidará él mismo gracias a sus propios actos, y si no, tiempo al tiempo; yo estaré aquí para verlo y comprobaré que tenia razón.

Alargué la mano y acaricié con suavidad, la marca en la hierba de tu cuerpo, mi mente me llevó entonces a recordar tu figura, escandalosamente sensual y bien definida, si fuese uno de esos pervertidos callejeros, podria decir que lo tenías todo en su sitio y no te faltaba de nada. Pero tu rostro, oh, bendita perdición la de mi mirada en la tuya, tus ojos azules cuáles zafiros brillantes en un atardecer naranja, un placer exquisito, significaban de nuevo otra prueba de que me hallaba en el Paraíso; y tus labios, de un apasionado rojo carmín, por los que mi alma, envuelta en tanta excitación ante semejante placer ocular, deseaba hacerlos suyos, robarte un beso se convirtió en una obsesión enfermiza.

Si quiero recordarte entera, sería pecado no hablar de tu cabello, cabellos de ángel, hilos de oro, con los que jugaba, igual que tu hacias con mi melena azabache.
Mientras permanezco somnoliento en nuestro suelo, pienso que, cada toque tuyo, es sumamente diferente a cualquier ápiz que desprendo de mi...¿Persona? No seria correcto llamarlo así, aunque sepa que contigo tal vez deba ser más humano y menos lobo. Somos seres opuestos, y siento un gran vínculo que me une a ti. Cómo el lazo entre la Luna y su Lobo.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Lluvia de lobos II

Sin más dilación, avancé apresuradamente entre las multitudes de gente que obstaculizaban mi paso. Vivia en la ciudad, sitio que aborrezco y odio con profunda insisténcia, en ella solo encuentro mierda, mierda y más mierda; me aprisiona innecesariamente, ata mis deseos y es una cadena para mi libertad, cosa que detesto. En nuestro bosque siempre te hablaba de que algun dia me largaria de aquél tuburio gris y apestoso y construiria una modesta cabaña, supongo que no hace falta que diga donde, pues recuerdo que más de una vez, te dije que seria contigo. La idea me fascinaba y creo recordar que a ti también. "Echa mano a la imaginación durante unos instantes" te dije. "Estariamos tu y yo juntos, ¿Qué más necesitamos?, si ambos somos como uno solo". Me harté de repetirte esas palabras, ardía en deseos de permanecer inmóvil a tu lado, lo siento como si lo estuviese viviendo de nuevo; la vuelta a la ciudad después de verte, era dolorosa, nunca dejaba de mirar hacia atrás, inútil ante mis ojos era ver como desaparecias, como te volvías un mero espejismo mientras mis pasos avanzaban.

Muchas veces, corría, muy rápido, dejando alguna lágrima en mi camino, pues dios sabe cuándo te volveria a ver, cuándo conseguiria un salvoconducto directo al Paraíso, ya que nuestros encuentros, eran siempre esporádicos. Yo iba al bosque, porque ése era mi verdadero hogar, lo que no sé, es porque ibas tu. Decías que te gustaba aquél lugar, que te transmitia una paz y una serenidad que conseguían alejarte del mundo real, aunque todavía sigo pensando que me esperabas a mí, que desde mi primer encuentro contigo, volvías ciertas tardes al mismo sitio, atenta por si aparecia de nuevo, tu lobo salvaje y negro, aquél que al marchar dejaba intactas sus huellas, sus huellas en tu corazón.

Tomé el tren, como era costumbre, abarrotado de individuos extraños y ajenos a mi, yo no era alguien que solía tratar con las personas, no me relacionaba demasiado. ¿Motivos? Me hace grácia cuándo me preguntan eso, muy complejo de explicar para cualquier ente de ciudad, para esas cucarachas descerebradas, tan fáciles de engañar, tan fáciles de manipular... No estan a mi nivel, para nada. Sonreía cada vez que pensaba eso, aquellos pensamientos me hacían sentir extremadamente superior y muchísimo más inteligente que aquella chusma de imbéciles. No podía evitarlo, porque sabía que tenía razón.

El tren se detuvo por fin en mi destino, era el último pasajero que quedaba, y por eso, no me corté ni un pelo en salir corriendo a toda prisa para ir a buscarte. De nuevo, los árboles me saludaban, las gotas de lluvia que se deslizaban por mi rostro me dieron la bienvenida al Paraíso, otra vez, como una de tantas veces que había entrado allí.
En un momento determinado me detuve bruscamente y miré hacia el suelo; mi rastro, seguía reconocible. Las marcas que dejaba al paso, el fósil de nuestro amor. Las olí, el aroma era el de la hierba fresca con un sutil toque de tu piel, supe reconocerlo enseguida y lo rastreé hasta que mi agudo olfato me llevó a aquel paraje conocido, nuestro nido, seguía como desde entonces: me aproximé y contemplé con profunda nostálgia las marcas de nuestros cuerpos en la hierba, inmortales ante el paso del tiempo. Justo en ése preciso instante, gotas de agua resbalaron por mis mejillas; al sentir su sabor salado y una calidez en mi cuerpo, supe de inmediato que no era el roce de aquella fina pero perseverante lluvia, sinó aquello que llaman tristeza.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Lluvia de Lobos

Aún estaba en la ducha. Me relajé tanto con el agua caliente que sin pensarlo, me apoyé en la pared, cerré los ojos y suspiré, profundamente, tres veces. Las gotas de agua que caían sobre mi cabeza, me recordaron inevitablemente a esos días, esas tardes, en aquél bosque que por desgracia o no, siempre llovía. La misma sensación, volvía a mi cuerpo: piel caliente y mojada, relajación, mente en blanco... Nunca pedí nada más, podría haber sido feliz toda la vida, te lo bien aseguro; mi vida era completa, y estoy seguro, que la tuya también. Yo te dí lo que nadie jamás te dio, yo te hacia sentir diferente, yo te dí un reloj para poder detener el tiempo, pero aquello a lo que más miedo teníamos, siguió creciendo, día tras día, o más bien, tarde tras tarde.

Nosotros, ajenos a el más bello sentimiento, nos atrevimos a seguir jugando, desprotegidos ante el peligro; prometimos no enamorarnos, juramos mantener unas reglas y unas normas, en el más arriesgado de los juegos: el amor. Y sin embargo... Caímos. Caímos como tontos, ignorantes, estúpidos. Sabia que esto llegaría, que solo era cuestión de tiempo, los seres humanos somos demasiado vulnerables y débiles a una caricia, una mirada, un gesto, un detalle, un beso, un "Te quiero". Nadie puede escapar a el más poderoso de los hechizos, a la más cruel de las torturas, a la cárcel del corazón. Nadie está a salvo de sufrir esa condena.

Cerré el agua, agarré la toalla, me sequé bien, dejando el cabello algo húmedo. Mi pelo había crecido muchísimo desde la última vez que te vi, ahora gozaba de una pequeña melena oscura, aunque deseaba cortarla pronto, el pelo largo me incomoda y me recuerda demasiado a ti. A cuándo me acariciabas los cabellos, y yo me dormía plácidamente en aquél suelo, aquella hierba, el olor fresco del césped, la brisa tranquila del aire, me hacía sentir salvaje, libre, como un lobo.

Tu seguías acariciándome los cabellos, desde la raíz hasta la puntas, como si no quisieras dejarme marchar, quizás pensabas que si de repente dejabas de hacerlo, mi cuerpo se volvería humo, y desaparecería para siempre. No tendrías a ése lobo a tu lado, aquél tan puro de alma y de corazón, que cayó de lleno en el extraño vacío interior, en esa inquietud tan dolorosa y punzante, que lograba clavarse como mil dagas ardientes en mi ya tocado corazón. Producto era yo de tus encantos, dominado era mi ser en toda su totalidad, fui tu títere, marioneta, olvidé el juicio, la razón, me proclamé tu esclavo, tu servidor.

Me vestí rápidamente, ni si quiera me molesté en peinarme, ni acabar de secarme los cabellos, hoy, era de nuevo, una tarde de lluvia, una lluvia de lobos.