lunes, 8 de noviembre de 2010

Lluvia de lobos II

Sin más dilación, avancé apresuradamente entre las multitudes de gente que obstaculizaban mi paso. Vivia en la ciudad, sitio que aborrezco y odio con profunda insisténcia, en ella solo encuentro mierda, mierda y más mierda; me aprisiona innecesariamente, ata mis deseos y es una cadena para mi libertad, cosa que detesto. En nuestro bosque siempre te hablaba de que algun dia me largaria de aquél tuburio gris y apestoso y construiria una modesta cabaña, supongo que no hace falta que diga donde, pues recuerdo que más de una vez, te dije que seria contigo. La idea me fascinaba y creo recordar que a ti también. "Echa mano a la imaginación durante unos instantes" te dije. "Estariamos tu y yo juntos, ¿Qué más necesitamos?, si ambos somos como uno solo". Me harté de repetirte esas palabras, ardía en deseos de permanecer inmóvil a tu lado, lo siento como si lo estuviese viviendo de nuevo; la vuelta a la ciudad después de verte, era dolorosa, nunca dejaba de mirar hacia atrás, inútil ante mis ojos era ver como desaparecias, como te volvías un mero espejismo mientras mis pasos avanzaban.

Muchas veces, corría, muy rápido, dejando alguna lágrima en mi camino, pues dios sabe cuándo te volveria a ver, cuándo conseguiria un salvoconducto directo al Paraíso, ya que nuestros encuentros, eran siempre esporádicos. Yo iba al bosque, porque ése era mi verdadero hogar, lo que no sé, es porque ibas tu. Decías que te gustaba aquél lugar, que te transmitia una paz y una serenidad que conseguían alejarte del mundo real, aunque todavía sigo pensando que me esperabas a mí, que desde mi primer encuentro contigo, volvías ciertas tardes al mismo sitio, atenta por si aparecia de nuevo, tu lobo salvaje y negro, aquél que al marchar dejaba intactas sus huellas, sus huellas en tu corazón.

Tomé el tren, como era costumbre, abarrotado de individuos extraños y ajenos a mi, yo no era alguien que solía tratar con las personas, no me relacionaba demasiado. ¿Motivos? Me hace grácia cuándo me preguntan eso, muy complejo de explicar para cualquier ente de ciudad, para esas cucarachas descerebradas, tan fáciles de engañar, tan fáciles de manipular... No estan a mi nivel, para nada. Sonreía cada vez que pensaba eso, aquellos pensamientos me hacían sentir extremadamente superior y muchísimo más inteligente que aquella chusma de imbéciles. No podía evitarlo, porque sabía que tenía razón.

El tren se detuvo por fin en mi destino, era el último pasajero que quedaba, y por eso, no me corté ni un pelo en salir corriendo a toda prisa para ir a buscarte. De nuevo, los árboles me saludaban, las gotas de lluvia que se deslizaban por mi rostro me dieron la bienvenida al Paraíso, otra vez, como una de tantas veces que había entrado allí.
En un momento determinado me detuve bruscamente y miré hacia el suelo; mi rastro, seguía reconocible. Las marcas que dejaba al paso, el fósil de nuestro amor. Las olí, el aroma era el de la hierba fresca con un sutil toque de tu piel, supe reconocerlo enseguida y lo rastreé hasta que mi agudo olfato me llevó a aquel paraje conocido, nuestro nido, seguía como desde entonces: me aproximé y contemplé con profunda nostálgia las marcas de nuestros cuerpos en la hierba, inmortales ante el paso del tiempo. Justo en ése preciso instante, gotas de agua resbalaron por mis mejillas; al sentir su sabor salado y una calidez en mi cuerpo, supe de inmediato que no era el roce de aquella fina pero perseverante lluvia, sinó aquello que llaman tristeza.

1 comentario: