miércoles, 3 de noviembre de 2010

Lluvia de Lobos

Aún estaba en la ducha. Me relajé tanto con el agua caliente que sin pensarlo, me apoyé en la pared, cerré los ojos y suspiré, profundamente, tres veces. Las gotas de agua que caían sobre mi cabeza, me recordaron inevitablemente a esos días, esas tardes, en aquél bosque que por desgracia o no, siempre llovía. La misma sensación, volvía a mi cuerpo: piel caliente y mojada, relajación, mente en blanco... Nunca pedí nada más, podría haber sido feliz toda la vida, te lo bien aseguro; mi vida era completa, y estoy seguro, que la tuya también. Yo te dí lo que nadie jamás te dio, yo te hacia sentir diferente, yo te dí un reloj para poder detener el tiempo, pero aquello a lo que más miedo teníamos, siguió creciendo, día tras día, o más bien, tarde tras tarde.

Nosotros, ajenos a el más bello sentimiento, nos atrevimos a seguir jugando, desprotegidos ante el peligro; prometimos no enamorarnos, juramos mantener unas reglas y unas normas, en el más arriesgado de los juegos: el amor. Y sin embargo... Caímos. Caímos como tontos, ignorantes, estúpidos. Sabia que esto llegaría, que solo era cuestión de tiempo, los seres humanos somos demasiado vulnerables y débiles a una caricia, una mirada, un gesto, un detalle, un beso, un "Te quiero". Nadie puede escapar a el más poderoso de los hechizos, a la más cruel de las torturas, a la cárcel del corazón. Nadie está a salvo de sufrir esa condena.

Cerré el agua, agarré la toalla, me sequé bien, dejando el cabello algo húmedo. Mi pelo había crecido muchísimo desde la última vez que te vi, ahora gozaba de una pequeña melena oscura, aunque deseaba cortarla pronto, el pelo largo me incomoda y me recuerda demasiado a ti. A cuándo me acariciabas los cabellos, y yo me dormía plácidamente en aquél suelo, aquella hierba, el olor fresco del césped, la brisa tranquila del aire, me hacía sentir salvaje, libre, como un lobo.

Tu seguías acariciándome los cabellos, desde la raíz hasta la puntas, como si no quisieras dejarme marchar, quizás pensabas que si de repente dejabas de hacerlo, mi cuerpo se volvería humo, y desaparecería para siempre. No tendrías a ése lobo a tu lado, aquél tan puro de alma y de corazón, que cayó de lleno en el extraño vacío interior, en esa inquietud tan dolorosa y punzante, que lograba clavarse como mil dagas ardientes en mi ya tocado corazón. Producto era yo de tus encantos, dominado era mi ser en toda su totalidad, fui tu títere, marioneta, olvidé el juicio, la razón, me proclamé tu esclavo, tu servidor.

Me vestí rápidamente, ni si quiera me molesté en peinarme, ni acabar de secarme los cabellos, hoy, era de nuevo, una tarde de lluvia, una lluvia de lobos.

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