martes, 25 de enero de 2011

Lluvia de lobos V

Sonreíste. Giré la cabeza y te miré con curiosidad, ¿No te asustabas? Yo estaba convencido hasta la médula que al verme en mi estado natural, correrías despavorida, aún haciéndome saber, para mi sorpresa, que ya estabas percatada de la verdad, que desde un principio, pudiste ver y comprenderme como lobo, que es como he nacido y como vivo y no ver mi falso reflejo de humano; esa imagen mía, no es más que un espejismo en el que me oculto para poder vivir.
Con absoluta calma diste unos pasos decisivos hasta mí, te agachaste un poco, y tus ojos azules chocaron de frente con los míos, ése azul y esa espasmosa tranquilidad, me transportaban a una hipnosis de relajación y serenidad, parecía estar en el mismo cielo.

"Te has molestado, yo ya te había visto así." Dijiste acariciándome la cabeza, pasando tu mano de aroma de rosas por mi cuello, cabeza y orejas. Mudo. Mudo me quedé. Tú eras humana y el hecho que esa fuese tu naturaleza, me hacía creer con certeza que tu capacidad de conocimiento del mundo y sus secretos, estaba limitada a el simple día a día cotidiano, en el que nada más saben de lo que sus sentidos, casi inútiles, perciben.
Sin embargo, yo, un lobo, ventaja con creces tenía sobre ti y la tierra que pisabas.

Caminamos un poco, los alrededores del bosque a tu lado, eran inmensamente pequeños: el río, los árboles, las piedras, los pequeños animales que habitaban en él, no conseguía apartar mi vista de ti, no hacía más que preguntarme, hasta cuándo duraría tu curiosidad por conocer, saber, querer hallar mis orígenes, cualquiera lo habría hecho, o tú eras la excepción, quién sabe.
Después de un silencio sepulcral, te sentaste al pie de un árbol, un pino, yo te seguí y simplemente me senté a tu lado. Segundos no muy tardíos, alzaste la voz:
"¿Cuál es tu nombre?" Tus palabras eran acompañadas por tu habitual sonrisa angelical. Yo sólo te respondí con una sequedad propia de mi carácter: "Tundra".

"Tu nombre te viste a la perfección, siempre tan frío y cortante". Añadiste. Y el cielo lloraba de nuevo.

miércoles, 5 de enero de 2011

Lluvia de lobos IV

"Te envidio, no sabes cuánto, deseo tanto tener lo que tu tienes..." Atento a ti estaba siempre que aquellas repetitivas palabras sonaban en mis oídos. Era algo que desde que empezamos a vernos y a conocernos más, comentabas en muchas ocasiones, pero, ¿Qué era aquello que admirabas en mí, aquello que con ansias pretendías obtener? No podía verlo, ni si quiera en tus ojos tristes ni en tu sonrisa fingida; no podía o no quería. En momentos de incertidumbre así, no me atrevía a pensar en lo que podía ser lo obvio.

Me limité a escucharte en silencio, a ti y a tu particular monólogo, con tus gestos jugabas en el aire y tus ojos adquirieron un azul intenso y a la vez, desarrollaron una belleza siniestra cuándo pronunciaste estas palabras: "Me gustaría ser cómo tú, porqué tú...Tú eres un lobo, ¿Verdad?"
Me rompí, me rompí ante tu mirada inocente y tu sonrisa de oreja a oreja. Aún no me había mostrado como lobo y tu ya lo sabías, increíble, estaba perplejo y no supe que decir. Por precaución jamás se me ocurría ser lobo entre humanos, por razones lógicas. Un lobo en la ciudad solo trae problemas.
Solamente me asaltaba una duda importante, como debía mostrarme ante ti, ¿Cómo lobo, o como humano? Mi mirada con la tuya me hizo ver, que lo que de verdad anhelabas era ser loba, de algún modo ser libre, no saber del tiempo, no saber del mundo. Querías mi particular don.

Tardé tres meses en volver a verte. El frío invierno saludaba por las mañanas y se despedía por las noches y yo estuve escondido en mi asquerosa guarida humana como un conejo en su madriguera. Me dí verdadero asco, empezaba a pensar como un humano, cobarde y entumecido por paparruchas sentimentales, y todavía me sacaba más de mis casillas, mi detestable orgullo de lobo que en inumerables ocasiones me anulaba los sentidos y no era capaz de hacerme ver de otra manera, salvo mi imagen triunfante y honorable, eso en cualquier tipo de situación.

El viernes, volví contigo. Recorrí de nuevo como ya otras veces, el camino en tren, hasta esa tierra paradisíaca para mí y enseguida, volví a ser yo, mi yo más absoluto, el que temía mostrarte para y por tu posible rechazo, ya que era algo que a ojos humanos, sería imposible comprender y aceptar, sin embargo, ahora sabía que había hallado alguien con quién compartir mi ser, y porque no decirlo, aunque suene disparatado: compartir mi vida.

El paisaje lucía precioso con la nieve adornando las escenas del bosque y su atrezzo, cada árbol, arbusto, roca, río, se veía bello con esa matéria blanca tan própia de las tierras de mis familiares más próximos. Al contemplar el paraje, me llené de satisfacción, definitivamente esa era mi casa.

Me resultaría divertido hundirme en la nieve, perseguir algún roedor perdido debajo de esta, patinar sobre el hielo, la sensación tan extraña en mis patas, éste tipo de cosas, también me hacían saber que había llegado la época navideña, vacaciones, tiempo para estar en familia, tiempo de uniones... Y mi família, eras tú. Así que, haciendo esfumar esos pensamientos de mi cabeza, corrí hacía el río, cerca de la verde hierba donde nos reuníamos, ahora atrapada bajo la nieve. Ahí estuve sentado, mostrando mi verdadera apariéncia, desnudo delante tuyo, con mis ojos dorados buscándote, resignado al futuro, sólo murmuré: "Que sea lo que tenga que ser".