Los días se hacían más cortos, las noches eran eternas, y con ello, mi estrés en la ciudad aumentaba con creces. Durante las horas de sol soportaba bastante bien el vivir en ése nido apestoso y mugriento, con esas plagas de cucarachas de uniforme y corbata caminando por calles grises de igual aspecto; añadiendo, claro, que debía permanecer en la que ya no odiaba tanto, la forma humana. Ya no era molestia ser un chico moreno, de ojos marrones, colmillos afilados, atlético y según Luna, guapo. Luna... Era ella a quién podía culpar sobre mi indiferencia al adoptar la forma humana, e incluso, puedo decir que comenzaba a sentirme a gusto metido en esa escafandra.
Aún así, mi instinto lupino no podía contenerse por mucho al caer el manto nocturno. Dudaba la mayoría de veces en si salir a tomar el aire ni tan si quiera para pasear por una hora o poco más, y si dudaba, era con motivos de peso: las noches son de los lobos, mis deseos naturales me dominaban y además, casi ni podía esconder mis ojos de animal, destellaba mi fulgor dorado a la mínima que me despistaba.
Recuerdo que una de esas noches, tumbado en el sofá carcomido por los malos cuidados y el abandono de un piso mediocre que nadie iba a reclamar, tu rostro invadió mi mente sin previo aviso y por vez primera, fui presa, presa de esa magia extraña que una noche al azar escogió revolverme las entrañas y sin poder cerrar los ojos sin aparecerme tu sonrisa ni tus zafiros ovalados, algo dentro de mí dio un vuelco brusco. ¿Qué era eso? Fue una noche de insomnio, una de tantas después, que pronto llegaron.
La última vez que te vi, si reconozco que una emoción me recorrió de orejas a patas, al ver que no te asustabas y aceptabas mi verdadera naturaleza animal. Mas, no era esto ni mucho menos; a "esto" quiero referirme a algo parecido a tener mil grillos saltando en el estómago, esos mil grillos gritando todos a una: "¡Luna!, ¡Luna!, ¡Luna!" y para colmo, trepaban por mi garganta, sin demasiado esfuerzo, y llegaban a mi cerebro, donde el eco de sus voces resonaba todavía con más fuerza.
Otro síntoma extraño que no tardó en aparecer, fue el quedarme sin apetito, ni un bocado más de tres bocados al día, lo mínimo para poder mantenerme en pie. Con ello, mis hábitos de caza desaparecieron, la poca comida que engullía pertenecían a restos de basura, el hecho de alimentarme a base de las sobras de comida para humanos no hizo ni ladrar a mi orgullo de lobo, pareció irse.
Un viernes gris y especialmente frío, decidí ir a buscar a Luna, pensé en consultar con ella que diablos me estaba sucediendo; ella, siendo humana, podría darme una respuesta, casi seguro que sí. No sé por qué razón, de repente me dí cuenta que depositaba una entera confianza en ella, hasta ahora, desconocida.
Como ya era costumbre, me escabullí en un vagón de tren, no muy apelotonado para mi suerte, y me apoyé en la pared, con la mirada en el suelo y perdida en su gris oscuro. Intenté concentrar mis pensamientos en la neutralidad de ése suelo; durante unos diez minutos lo conseguí, hasta que, juré escuchar dos voces juveniles decir: "Luna, Luna, Luna", como los grillos de mi estómago. De inmediato, fijé la vista en ellos y tras unos segundos de incredulidad, pude oír perfectamente que charlaban sobre como pasarían el fin de semana con sus novias. Como si de un fantasma se tratase, tus ojos, cabello y labios, aparecieron al instante de nuevo.
Si eso se trataba de una broma estúpida, gracia, ninguna. ¿Dónde estás, lobo Tundra?
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